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La “revolución del 5G”, un despliegue irresponsable

Miércoles 30 de octubre de 2019 · 58 lecturas



La “revolución del 5G”, un despliegue irresponsable
"Las novedades que se nos anuncian en las redes móviles nos encaminan hacia más fragilidad y vulnerabilidad, con especial interés por demoler la intimidad"
"El Gobierno socialista prolonga el mismo sometimiento a esas invasiones tecnológicas de los gobiernos anteriores"
"¿Qué introducen estas tecnologías como mejoras estables y sustanciales en la sociedad planetaria? ¿Contribuyen a la reducción de la pobreza y las desigualdades?"

Pedro Costa Morata

Vanguardia de los avances, paradigma de paradigmas, el despliegue del 5G, última generación de la tecnología de las comunicaciones móviles, ha iniciado su andadura conculcando principios, normas y sensateces, y arrastrando a la población a una nueva situación de riesgos y peligros hasta ahora desconocida.

Cuando nuestro Ortega y Gasset ya se decidiera por la disección, sumaria y certera, del fenómeno tecnológico afirmando que “la técnica es la producción de lo superfluo” (Meditación de la técnica, 1933), dejó marcada la senda crítica por la que habríamos de mantenernos ante el diluvio inacabable que durante los siglos XX y el XXI iba a desafiar, con creciente agudeza y potencia, nuestra mente asediada por el fárrago de perturbaciones, espejismos y entontecimientos, que en el entorno de la llamada Sociedad de la Información, alcanza sus cotas más osadas e inquietantes.

"Revolución sobre revolución", las redes móviles siguen sometiéndonos feliz y confiadamente, y en esta imagen se recrean los retratos más socorridos de la sociedad actual, que pretende haber superado, en mucho, a cualquier otra etapa anterior de la humanidad. Sin embargo, banales y venales, las novedades que se nos anuncian nos encaminan hacia más fragilidad y vulnerabilidad, con especial interés por demoler la intimidad, extrayendo de su violación, como primer objetivo, grandes ventajas comerciales y grandes posibilidades de control y sujeción, como pretensión derivada e irremediable (aunque nunca se reconozca en estos términos).

De la actualidad del 5G los medios destacan, casi exclusivamente, las novedades maravillosas a añadir a nuestro siempre insuficientemente pasmado mundo, inerme pero creyente ante el discurso tecnocientífico, que es único, dogmático y fatalista, al que se adhieren con entusiasmo todos los agentes políticos, económicos y mediáticos de influencia y que, en definitiva, exhibe esta consigna sin apelación: “esto es lo que hay y lo que habrá, y por ello habremos todos de pasar”. Hay otro motivo de distracción ante las dimensiones y trascendencia del 5G, y es el conflicto político (comercial y tecnológico) desencadenado principalmente por el presidente estadounidense Trump frente a la ventaja china en esta tecnología, representada por la empresa Huawei, que ni oculta sus objetivos hegemónicos ni se abstiene de desafiar, con fundamento, a la hasta ahora incontestada primacía norteamericana en las llamadas tecnologías de la información y la comunicación (TIC).

Brevemente, hay que decir que el 5G recurre a frecuencias de transmisión de información y datos mucho más altas que las de los sistemas actuales (1-2-3 y 4G), lo que incrementa su nivel energético y la recarga electromagnética del ambiente; que la multiplicación de servicios y la penetración social que contempla (doméstica, empresarial) exige la proliferación, también sin precedentes, de antenas de muy diferentes características, para que las señales invadan todo el espacio físico; y que todo esto conlleva una muy notable elevación del riesgo sanitario, cuando los estudios críticos insisten en la generación de diversas afecciones (incluido el cáncer) debido a los ambientes electromagnéticos, y cada día más instituciones internacionales alertan de estos peligros y promueven el respeto estricto del Principio de Precaución (singularmente, la Resolución 1815, de 2011, de la Asamblea del Consejo de Europa).

Adicionalmente, también abundan las advertencias sobre el tremendo poder que aporta el 5G en relación con el control de la información y de las personas, principalmente a través de ese hallazgo del “Internet de las cosas”, que nos amenaza con novedades que aportan, por igual, tanta estupidez como conflictividad.

A todo esto, el Gobierno socialista prolonga el mismo sometimiento a esas invasiones tecnológicas de los gobiernos anteriores. Más todavía, tanto la ministra de Economía y Empresa como la de Industria se han mostrado decididas a “que España lidere el despliegue del 5G en la UE”, y en los mismos términos se ha expresado el presidente Pedro Sánchez, como si –se supone– creyeran que adelantarse a otros países en este aspecto va a mejorar nuestra posición socioeconómica relativa en el entorno comunitario.

Ante esta actitud, tras ignorar este Gobierno las numerosas alegaciones hechas en su día frente al despliegue del 5G, y a iniciativa de la Asociación Vallisoletana de Afectados por las Antenas de Telecomunicaciones (AVAATE), el Defensor del Pueblo, encarnado actualmente en el socialista Francisco Fernández Marugán, ha tenido que emitir un dictamen dirigiendo al Gobierno, entre otras recomendaciones, que cumpla con la Ley de Evaluación Ambiental de 2013 (a la que debiera ceñirse un despliegue tecnológico como el del 5G) y que complete algunas previsiones todavía pendientes en la Ley General de Telecomunicaciones de 2014 (como la creación de la Comisión de Radiofrecuencias y Salud). Todo ello orientado a garantizar derechos esenciales de los ciudadanos, en peligro ante una tecnología de cuya influencia en la salud apenas se sabe nada.

Más allá de estas miserias, de seguidismo tecnológico, menosprecio al ciudadano y vulneración de la ley por parte de nuestros gobiernos, sea cual sea su color político, a los ciudadanos preocupados corresponde –como actitud general al encarar las pretendidas maravillas de la sociedad de la información, como defensa propia y también por salud mental–, rechazar las pretensiones, tan repetitivas y vanas, de estar siempre en presencia de una nueva "revolución", como se nos machaca con el 5G).

No obstante, hay que lamentar que la estela, sugerente y provocativa, que nos marcara Ortega y Gasset (y otros pensadores del periodo de entreguerras como Heidegger o Marcuse) no está siendo transitada por demasiados pensadores e intelectuales del momento; ni filósofos ni sociólogos ni psicólogos cognitivos u otros que, más bien, marean la perdiz ciñéndose sin gran resistencia, instintiva y sistemáticamente a las líneas fundamentales del discurso tecnófilo, renunciando de partida a expresarse con la voluntad crítica (analítica) necesaria, y naufragando, lamentablemente, en el temporal de los espejismos edulcorados, las promesas ladinas y los disimulos industrial-comerciales. Demasiadas veces, desde las humanidades, sobre todo, pero también desde las ciencias sociales, cualquier tecnología brillante y novedosa suele producir un impacto de arrobamiento y una reflexión acomodaticia, sobre un fondo, casi siempre, de fatalismo implícito e impropio.

Quedan excluidas, así, las bases más directas sobre las que asentar el verdadero análisis crítico, que son: ¿Qué introducen estas tecnologías como mejoras estables y sustanciales en la sociedad planetaria? ¿Contribuyen a la reducción de la pobreza y las desigualdades? ¿Hacen que aumente el respeto y la extensión de los derechos humanos? ¿Favorecen la paz y las relaciones internacionales equilibradas?

Pues más bien no. Sin embargo, esto es lo importante de analizar: la incidencia real de lo tenocientífico en la sociedad en general (no sólo la europea o la occidental), porque eso sería lo que, en definitiva, calificaría una novedad de "revolucionaria". Lo demás es filfa, espejismo y tontería, cuando no simple (pero aguda) regresión, y puede resumirse, en definitiva, en tres crudos enunciados: negocio, opresión y mito.

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