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Antenas de telefonía: Manipulación lingüística y falacias pseudocientíficas

Sábado 3 de diciembre de 2005 · 2411 lecturas



Antenas de telefonía: Manipulación lingüística
y falacias pseudocientíficas
Alfonso Balmori Martínez
Biólogo
Sigilosamente las poderosas operadoras van desplegando sus antenas emisoras, con la intención de cubrir un servicio que ha madurado durante el último decenio. Como consecuencia directa de este proceso, la mayoría de las ciudades han estrenado el nuevo siglo con elevados niveles de polución electromagnética en sus principales avenidas, al tiempo que aumenta el índice de trastornos sanitarios, como el déficit de atención por hiperactividad en nińos (El Norte, 27 de mayo de 2002) o las leucemias en personas jóvenes, y que un indeterminado número de afectados, con variada sintomatología y diverso grado de consciencia etiológica, tratan de protegerse de ese nuevo enemigo invisible e inodoro.

Si los ciudadanos recorrieran las calles provistos de un medidor de campos electromagnéticos comprobarían el paulatino deterioro de la ciudad. La céntrica calle de La Rua -donde existen tres picoantenas clandestinas a escasos dos metros de la cabeza de los peatones- es, entre otras muchas, una calle con niveles de radiación muy poco saludables. Esto es así porque el debate científico no está cerrado aún y porque la cantinela de la inocuidad, puesta una y otra vez a flote por el grupo de presión correspondiente, naufraga en un mar de evidencias científicas y de acontecimientos empíricos.

Ha llegado el momento de elegir entre una ciudad sana y habitable, que disfrute de los avances de forma responsable, o un centro de tecnología vertiginosa, en el que el bienestar ciudadano pase a ocupar un segundo lugar. No existen emisiones inocuas, como tampoco las hay de los humos de los automóviles ni de la contaminación sonora de la ciudad, pero sí existen umbrales de prudencia que no deberíamos superar. En este sentido constituye un ejercicio circense de ingenuidad, cuando no una grave negligencia, dejar en manos de las propias operadoras el camelo del autocontrol.

Bombardeados por campańas de imagen en las que se alude al cumplimiento de la legalidad, es necesario explicar que legal no significa inocuo. Se trata de una perversa manipulación lingüística que engulle, por ignorarlos, esos demostrados efectos no térmicos de los niveles permitidos. Esta deformación queda desmantelada, o puesta en evidencia, por la discrepancia generalizada y abrupta entre las legislaciones de máximos niveles autorizados en los diferentes países, regiones e incluso pueblos, dependiendo de la credibilidad política de sus científicos y de la confianza depositada en ellos por los legisladores.

Por otra parte el principio de causalidad pierde su validez cuando nos enfrentamos a los procesos naturales, donde sistemas complejos interaccionan y provocan efectos no lineales difíciles o imposibles de predecir. De nuevo interviene aquí la manipulación, que se aprovecha de la comprensible dificultad científica para admitir una evidencia causal entre el binomio radiación-enfermedad. Los estudios epidemiológicos, tan necesarios como escasos, consiguen subsanar por métodos estadísticos esta limitación de la ciencia. ¿Por qué no se están haciendo?.

Las antenas y los móviles son un mismo problema, vivido de diferente manera por cada individuo. La persona que usa el móvil lo hace con total libertad, no así la que vive cerca de una antena con radiaciones de microondas 24 horas al día, que transgreden la inviolabilidad del domicilio, sus propias barreras biológicas y alteran sus delicados sistemas internos. Como afirman numerosos expertos en bioelectromagnetismo, firmantes de la Declaración de Alcalá, es bien conocido desde hace tiempo que las ondas de la telefonía móvil alteran sistemas electrónicos, y también que nuestro organismo es mucho más sensible que estos aparatos en sus procesos de comunicación celular.

El Dr. Hardell del departamento de oncología de la Universiad de Orebro (Suecia), en un estudio publicado en agosto de 2002 en el “ European Journal of Cancer Prevention” examina 1429 casos de tumor cerebral con un grupo control de otras 1470 personas. El resultado es que entre los que han usado un móvil más de un ańo se registra un 26 % más de tumores cerebrales. Entre los que lo han usado 5 ańos, se registra un 35% más de tumores cerebrales y por último, los que lo han disfrutado más de 10 ańos, se registra un 77% más de tumores cerebrales. Parece, por tanto, muy apropiado el título del libro de Robert Kane: “Cellular Telephone Russian Roulette” de reciente publicación y atribulada divulgación.

El Profesor Puca de la Asociación Italiana de Medicina del Sueńo, informó a la RAI del aumento de las dificultades para dormir en Italia que en el ańo 1998 padecía el 15 % de la población y en el ańo 2002 alcanzó al 64 %. Parece bastante sintomática la correlación en el tiempo de trastornos generalizados como éste, con el espectacular aumento de la contaminación electromagnética en los últimos ańos.

Para convencerse de los riesgos, solo es necesario echar un vistazo a los abstract de numerosas revistas científicas de prestigio internacional como Bioelectromagnetics, Cancer Research, Reviews on Environmental Health, Journal of Radiation Biology, The Lancet, Radiation Research, Neuroscience, American Journal of Epidemiology, Oncology Research por citar solo algunas de las más conocidas o, más modestamente, navegar un rato por Internet.

Incluso por sentido común, pensar que la saturación del medio ambiente con emisiones ondulatorias de diferentes frecuencias, creadas artificialmente, no ha de tener consecuencias negativas sobre los seres vivos, supone una buena dosis de inconsciencia. Querer asimilar sus efectos a los de las radiaciones naturales es olvidar los 4500 millones de ańos de evolución de la vida en la tierra.

Ante la imposición economicista de esta peligrosa manera de implantar las nuevas tecnologías, que ignora la salud de las personas y los efectos medioambientales, es fundamental no permanecer callados.

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